Carlos Vicente Sanchez
Aquel hombre juraba haber sido un general y vestía como tal, decía también que fue el gobernante, dueño y señor del más grande y magnífico
imperio que jamás haya existido.
Le faltaba un ojo al extraño militar. Su único otro ojo contemplaba con desdén todo a su alrededor. Portaba consigo un enorme cuaderno de
bocetos que sujetaba como si fuera el último tesoro de su imperio. Luego de beber bocanadas de ron a la orilla del mar, cuando ya el desvencijado uniforme de general se escurría en su decrépito
cuerpo, regresaba a nuestro refugio y nos narraba su historia a todos, cada noche la misma historia.
“–En mi país vivía un joven que no quería ser soldado–” decía con un tono de desprecio bastante estremecedor. “–No le gustaba el sonido de
las bombas ni el traquetear de las balas, como a los demás. Él solo quería pintar. ¡Por eso era una vergüenza para la patria! –” El general se tambaleaba en el piso, con su botella de licor
empuñada al aire. “– ¡Una vergüenza eres para nuestro país!–” le gritaban mis soldados antes de abordar los trenes para irse a la guerra, cuando lo veían pintando paisajes y
animales coloridos que nadie apreciaba. Obviamente, para ellos eran más deslumbrantes el brillo de las explosiones, las medallas de honor, los desfiles de mutilados y las últimas invenciones
bélicas que salían de nuestras majestuosas fábricas de armas.
“Su padre, un reconocido e importante general, le había desheredado ¡justamente!”
El hombre se dejaba caer sobre una butaca y su único ojo parecía perderse entre un enigmático silencio. Después de un prolongado suspiro
proseguía con la historia.
“–Dicen que un día llegó a buscarlo una joven, callada en extremo, quien contempló sus pinturas con deleite mientras él, con el mismo
deleite la contemplaba a ella. Arrastrado por la debilidad propia de su carácter, el muchacho se enamoró. Y comenzó a pintarla.
Aquel cuerpo era escuálido, muy delgado, su piel, un triste mar blanco lleno de cicatrices; sus senos, pequeños para mi gusto; su rostro en
sí era aceptable, pero demasiado pueril. Parecía haber llegado empujada por todas las guerras. Tenía una mirada tormentosa que el artista logró moldear a la perfección, y que se quedaba clavada
en todo aquel que viera su retrato. Aquí lo tengo... ¿quieren verlo?”
El general sacaba entonces un maltrecho y curtido lienzo de su uniforme, y lo extendía ante todos. La luz opaca, las llamas de la fogata y
el humo de los cigarrillos, poco dejaban apreciar ese cuadro lleno de brutales tachones. Sin embargo, se podían observar los ojos con absoluta nitidez. Eran bellos en verdad, había en ellos una
contagiosa tristeza de la cual no me he podido desprender.
“–Cuando finalizó el retrato, –” continuaba diciendo el general “–el joven artista descubrió con pánico que la mujer se esfumaba en el
aire. En medio de una sonrisa roja desapareció el color blanco de su cuerpo, y luego toda ella se desvaneció. Sólo quedó el retrato de su desnudez. Desde entonces, todo lo que él pintaba
desaparecía.
Procuró dibujar una mariposa, lo hizo afanosamente no fuera que se le escapara, pero ésta al contrario permaneció quieta, como si posara
para él de manera incansable y determinada. Al finalizar la pintura, la mariposa perdió sus colores y se extinguió. Igual suerte corrieron un pájaro, un árbol y una colina... El joven soltó
aterrado los pinceles, decidido a no dibujar nada más.
¡Pero lo descubrimos! ¡Oh sí!, el excelentísimo sistema de seguridad que habíamos creado, hacía que nadie se escapara de nuestra
mirada.
“Advertimos en el poder de sus pinturas un arma letal y lo reclutamos de inmediato. El joven fue enviado al frente de batalla para retratar
a los enemigos.
Sin poder hacer absolutamente nada, nuestros adversarios se veían obligados por el artista a detenerse en pleno combate mientras eran
pintados, y luego, atravesados por nuestras balas, se extinguían a medida que los trazos eran acabados y los tonos de aquellos soldados quedaban plasmados en el lienzo.
“¡Rojo, rojo, eran los matices de sus cuadros!
Algunas piernas, cabezas o brazos quedaban arrojados en el campo de guerra, como a medio esbozar... cosas del afán.
“– ¡Son armas químicas! –”, gritaban los comandantes adversarios ante las comunidades internacionales, sin siquiera sospechar qué era lo que
estaba acabando con todos sus ejércitos. “– ¡Exigimos ser eliminados con armas convencionales! –”. Imploraban.
Así eran nuestros enemigos: patéticos.
Con el tiempo, mi ejército ganaba todas las guerras de manera contundente. Con la fuerza letal de los trazos del retratista conquistábamos
las fronteras terrestres y marítimas, convirtiéndonos en un gran imperio. ¡Todo esto fue nuestro imperio!”
Gritaba el general, orgulloso, señalándonos el mar, las ruinas que nos rodeaban, las calles desérticas, el asilo en el que estábamos. Luego,
secaba sus lágrimas con un manotazo violento.
“–Los cuadros hechos en aquellos combates fueron expuestos en todo el país y el joven fue bañado en medallas, abrazado al fin por su padre,
querido por sus hermanos y admirado por las mujeres. Era el orgullo de la patria, se llenó de gloria. El retratista se embriagaba feliz, eso creíamos, asistía a los cócteles con desparpajo, se
burlaba de las encopetadas damas de la sociedad y de los rígidos generales, y así le queríamos aún más... ay, ¡cuánto le queríamos!
Por eso no entiendo, aún no logro comprender lo que ocurrió. Fue como un golpe de Estado. Una sombra densa, oscura, ardiente, nos recubrió a
todos. Desaparecieron de pronto las ciudades, los soldados, las gentes... ¡Todo en una noche! Cuando me di cuenta ya era demasiado tarde, el país entero se había esfumado.
Sólo quedamos él y yo, en medio de la nada. Advertí en su mirada una total soledad, plena de tormentas, igual a los ojos de la muchacha que
retrató...
Y entregándome un cuaderno lleno de dibujos, me dijo el muy traidor: “–Aquí está tu país, papá–”
"Luego, como el suicida más implacable de todos, terminó de realizar ante mi ojo, el último trazo de su autorretrato, y desapareció dejando
caer en la nada, en el desierto que ahora era mi patria, una hoja con su rostro sonriente. ¡Oh... cómo odio a los artistas!
“De aquel país, a excepción mía, nadie volvió a hablar. Es como si nunca hubiera existido. Pero, quizás, entre estas ruinas a medio borrar,
en estas calles a medio trazar, en este refugio a medio caer, hayan sobrevivido ustedes que ya nada recuerdan, que dicen no tener patria y haber sido olvidados. Vengan, acérquense, aquí la tengo,
la llevo conmigo a donde vaya, en este cuaderno cargo a nuestra patria, ¿quieren verla? Era hermosa, con sus palacios de armas, sus cañones, sus soldados siempre jóvenes, siempre obedientes y
dispuestos a la guerra...”
